Un día en la fascinante vida de unos artesanos mexicanos

By on septiembre 20, 2017
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TEOTITLÁN DEL VALLE, México (New York Times).- Cuando era niño, Porfirio Gutiérrez subía a pie las montañas que se alzan sobre su pueblo junto con su familia y, en el otoño, recogía las plantas que usaban para hacer coloridos tintes para cobijas y otros artículos tejidos.

Recolectaban pericón, un tipo de caléndula que le daba a las madejas de lana un color como el de la mantequilla; hojas de jarilla para un verde fresco, y un musgo de árbol llamado barba de viejo que teñía la lana de color amarillo paja.

“Hablábamos de las historias de las plantas”, recordó Gutiérrez, de 39 años. “Dónde crecían, los colores que brindan, cuál era el momento perfecto para recolectarlas”.

Gutiérrez, quien tiene un espíritu sociable y emprendedor, es descendiente de una extensa línea de tejedores; aprendió el oficio a los 12 años, cuando tejió la mochila que usaba para la escuela.

Junto con su familia forma parte de un pequeño grupo de artesanos textiles de este pueblo oaxaqueño, conocido por sus tapetes tejidos a mano, que trabajan para impulsar y conservar el uso de tintes obtenidos de plantas e insectos, con técnicas que se extienden a hace más de mil años de tradición zapoteca.

Porfirio Gutiérrez y Antonio Lazo Hernández recogen el pericón que se utiliza para hacer tintes amarillos y combinaciones de colores. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Los artistas textiles de muchos países se están volcando cada vez más a los pigmentos naturales, en un intento por revivir las tradiciones antiguas y debido a las inquietudes por los riesgos para el ambiente y la salud que conlleva el uso de los tintes sintéticos.

Aunque los colorantes naturales son más costosos y más difíciles de usar que los químicos que en gran medida los han remplazado, los primeros producen colores más vivos, además de ser más seguros y amigables con el medioambiente.

Ciertamente, los pigmentos naturales no siempre son benignos. Las plantas de las que se extraen pueden ser venenosas y con frecuencia se usan sales de metales pesados como reactivos para fijar el color en la tela. Los tintes se deslavan más rápido con la exposición al calor que los colores producidos químicamente, por lo que puede decirse que los textiles que los usan son menos sostenibles.

Sin embargo, los ambientalistas se han preocupado desde hace tiempo por los efectos dañinos de la gran gama de sustancias químicas altamente tóxicas —desde el azufre hasta los formaldehídos pasando por el arsénico, el cobre, el plomo y el mercurio— que se usan de forma rutinaria en la producción textil.

Los vertidos de las fábricas de textiles contaminan las vías fluviales y afectan los ecosistemas de todo el mundo. Además, la exposición a tintes sintéticos  —descubiertos en 1856 por el químico inglés William Henry Perkin— ha sido vinculada al cáncer y otras enfermedades.

“Son muy tóxicos”, dijo Gutiérrez. “Y mientras más conciencia se genere, más artistas usarán tintes naturales y se mantendrán lejos de los hilos teñidos con muchos químicos”.

Juana Gutiérrez Contreras hierve la lana en un tinte rojo hecho a base de cochinillas aplastadas como la que se aprecia a la derecha. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Teotitlán ha sido un centro neural para los tejidos; una estimación indica que hay dos mil o más telares en el pueblo. Oliver Sacks, el escritor, neurólogo y botánico aficionado, escribió en su libro Diario de Oaxaca que en el pueblo “se puede decir que existe una clase artesanal cuya actividad se transmite por herencia”.

“Prácticamente, todo el mundo en Teotitlán del Valle tiene un conocimiento profundo y detallado de los oficios de tejer y teñir, así como de cuanto los acompaña: cardar y peinar la lana, hilar, criar los insectos en sus cactus preferidos, recolectar las plantas de índigo apropiadas”, escribió Sacks.

Muestras de lana de diferentes pigmentos y nopales que cuelgan en el taller de los GutiérrezCreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

La mayoría de los maestros tejedores del pueblo son hombres. Sin embargo, antes de que llegaran los españoles, a principios del siglo XVI, el tejido de Teotitlán estaba en manos de mujeres que usaban telares de espalda, dijo Norma Schafer, autora de un blog cultural sobre Oaxaca y quien ha estudiado la historia de las artesanías y los oficios indígenas en la región.

Schafer indicó que los españoles trajeron los telares de pie y pedal y que los usaron para recompensar a los pueblos que ayudaron a combatir a los aztecas. Les enseñaron a los hombres zapotecas de Teotitlán cómo usar ese artefacto.

Las cobijas, alfombras y chales se convirtieron en la principal fuente de ingresos para el pueblo y, según Schafer, los estadounidenses que viajaron por el valle de Oaxaca en los años setenta vieron en la habilidad de los tejedores de Teotitlán una oportunidad para comercializar los coloridos tapetes tejidos a mano más allá del suroeste mexicano.

El aumento en la demanda provocó un incremento de la producción, con mayoristas que distribuían los patrones para los tapetes y le pagaban a los tejedores del pueblo por pieza. Hoy en día, cerca del 75 por ciento de la población de 5600 personas de Teotitlán participa en algún aspecto del tejido.

“Cada familia tiene su propia receta y cada familia hace su proceso de teñido de manera diferente”, dijo Schafer.

La casa de Porfirio Gutiérrez en Teotitlán del Valle. Su familia es una de las que solo utiliza tintes naturales para la fabricación de sus textiles. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

La mayoría de esos tapetes son hechos con tintes químicos. Para cuando nació Gutiérrez en 1978, el noveno de once hermanos, su familia solo usaba los tintes naturales para artículos personales como las cobijas.

A los 18 años, dejó Teotitlán para ir a Estados Unidos, donde primero trabajó en un restaurante de comida rápida y luego como gerente de una planta de concreto en Ventura, California. Pasaron diez años antes de que regresara a Teotitlán a visitar a su familia. Recuerda que “fue un enorme choque cultural”, pues para ese entonces ya había adoptado muchas costumbres estadounidenses.

Apoyado en el telar familiar mientras su padre trabajaba, escuchó historias sobre cómo había sido la vida en el pueblo y cómo había cambiado. Al final, redescubrió su pasión por tejer. Se dio cuenta de que, así como había olvidado la riqueza de su cultura, también el pueblo estaba perdiendo, poco a poco, sus tradiciones antiguas.

“Ya no había mucha alma”, dijo. “Estos tintes naturales estaban a punto de desaparecer por completo”.

 
Juana Gutiérrez Contreras prepara lana con tintes índigo. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

 

 
Al mezclar diferentes tintes naturales se pueden obtener hasta 40 colores. A la derecha, un liquen que se usa para lograr el pigmento amarillo. CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Su hermana, Juana Gutiérrez Contreras, es la maestra de teñido; combina siete u ocho elementos naturales para producir más de 40 colores. Su esposo, Antonio Lazo Hernández, también es un maestro tejedor y ayuda a desarrollar los diseños textiles.

El alumbre de potasio, un mineral que se encuentra en las montañas que rodean a Oaxaca, se usa para fijar el tinte en la lana. Además de las plantas que recolectan en las montañas, la flora común de los jardines locales —por ejemplo, el zapote negro, la marush y granada— también se usa como fuente de tintes.

Porfirio Gutiérrez en su telar CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

Los pigmentos de la planta índigo y las cochinillas, sin embargo, se las compran a otros. La planta de añil crece sobre todo en la parte sur del estado de Oaxaca. En cuanto a las cochinillas —cuyo tinte se utilizó en el pasado para colorear las casacas rojas de los soldados británicos—, se requieren decenas de miles de insectos para producir solo 28 gramos de tinte.

Así que el taller les compra el pigmento a familias que cultivan los cactus que dan nopales y alojan a los insectos parásitos. Solo las hembras producen el ácido carmínico responsable de la intensidad del rojo.

El tinte es tan inocuo que la familia lo usa para regar del jardín, mientras que lo que queda del material de la planta sirve como abono.

Gutiérrez no es el único artesano de Teotitlán preocupado por mantener la tradición del tejido zapoteca. Otras doce familias del pueblo también usan tintes naturales de manera exclusiva y algunas capacitan a los turistas en las técnicas.

Gutiérrez dice que su fluidez para comunicarse en inglés y su conocimiento de Estados Unidos —aún vive gran parte del tiempo en Ventura— le han dado la oportunidad de llegar a un público más amplio.

“Soy capaz de ver mi cultura desde la perspectiva de alguien ajeno y también desde la de alguien que está adentro, como parte de la comunidad”, dijo.

Porfirio Gutiérrez revisa una alfombra hecha de lana pigmentada con tintes naturales.CreditAdriana Zehbrauskas para The New York Times

La familia está compilando un libro de recetas de tintes, fórmulas transmitidas de boca en boca durante siglos. Gutiérrez también trabaja para expandir los diseños tradicionales usados por los tejedores zapotecas hacia nuevos territorios; por ejemplo, al combinar la lana con fibra de agave, con petate, hojas de palmeras —utilizadas desde hace miles de años para hacer tapetes para dormir— o con otros materiales naturales.

Gutiérrez ha donado muestras de materiales naturales —como las cochinillas que son la fuente de un tinte rojo brillante; la planta de añil, que produce el color azul índigo, y el pericón— a la Colección de Pigmentos Forbes del Museo de Arte de Harvard. Y el año pasado, gracias a una beca del Museo Smithsoniano del programa de liderazgo de artistas indígenas en Estados Unidos, dio un taller de cuatro días para quince jóvenes tejedores en Teotitlán, en el que les explicó la ciencia y la práctica de los tintes naturales.

“Su reacción fue como: ‘Wow, déjame probarlo, déjame hacerlo”, dijo Keevin Lewis, que hace poco se retiró de su cargo de coordinador de divulgación del museo. “Pusieron las manos en la lana, las pusieron sobre el tinte y estaban aplastando a las cochinillas. Estaban muy interesados”.

En julio, el trabajo de Gutiérrez se presentó en la sección de “innovación” del International Folk Art Market, realizado anualmente en Santa Fe.

“Lo que mi familia y yo estamos haciendo es continuar un arte y honrar el trabajo que nuestros ancestros comenzaron”, dijo. “Creo que cuando la gente se entere más sobre estos procesos, apoyará este mercado, y así es como continuará”.

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