Lecciones de paz

By on septiembre 21, 2017
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Por Juan Manuel Santos

BOGOTÁ, Colombia (New York Times).- Hoy, en el Día Mundial de la Paz, parecería que estamos cayendo en una espiral de más violencia, prejuicios e ira. El conflicto parece permear al mundo entero, ya sea a través de enfrentamientos entre países, problemas domésticos o ataques terroristas. Sin embargo, este año Colombia logró terminar más de medio siglo de conflicto con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Hoy las Farc están totalmente desarmadas y las Naciones Unidas recibió más de 9.000 armas y 1,3 millones de municiones para ser destruidas. Justo este mes, este grupo de excombatientes presentó su nuevo partido político en una reunión pacífica en Bogotá.

Nuestro camino hacia la paz estuvo lleno de obstáculos y yo seguramente cometí errores. Pero durante este proceso de cinco años, Colombia aprendió seis lecciones que merecen ser compartidas con un mundo cada vez más polarizado.

Primero, hoy las guerras pocas veces terminan con victorias claras o rotundas derrotas. El diálogo es realmente la única forma de evitar perpetuar el conflicto. Como Ministro de Defensa, y luego como Presidente, jamás dudé en combatir a los grupos armados ilegales. El profesionalismo de nuestras Fuerzas Armadas debilitó enormemente el poder militar de las Farc durante los últimos 10 años, pero seguir combatiendo a este grupo militarmente sólo iba a traer consecuencias negativas para la población. Dialogar no significa ceder. Es darse una oportunidad.

Segundo, el inicio de un diálogo no implica necesariamente un cese de hostilidades. Para alcanzar la paz, a veces es necesario combatir y dialogar al mismo tiempo. En un principio, seguimos el consejo del exprimer ministro israelí Yitzhak Rabin, de negociar como si no hubiese guerra y mantener la ofensiva militar como si no existiese proceso de paz. Esta estrategia fue exitosa. A medida que las negociaciones avanzaron, buscamos una disminución gradual de la violencia de lado y lado. Al final, el cese al fuego bilateral fue determinante para construir confianza entre las partes y buena voluntad en la mesa de negociaciones.

Tercero, una negociación solamente puede ser tan buena como su hoja de ruta. Dado que un proceso de paz no puede abordar todos los problemas, se debe definir qué está en discusión y qué no. Nuestro gobierno duró meses preparando una agenda estricta con las Farc, que se limitó a seis puntos: justicia para las víctimas, reforma rural integral, participación política, lucha contra el narcotráfico, desarme, e implementación del acuerdo. Estas “conversaciones sobre los diálogos” fueron tan importantes como las propias negociaciones. Se garantizó así que el modelo económico, los principios democráticos y las Fuerzas Armadas no estuvieran en discusión en la mesa de negociaciones. Cuando las Farc intentaron añadir nuevos temas, les recordamos el esquema previamente acordado.

Cuarto, la paz requiere de todo el apoyo posible. El acompañamiento de actores internacionales jugó un papel clave en el acuerdo de paz. A través del Plan Colombia, Estados Unidos nos respaldó durante la época de combate y, de ese modo, tuvo un papel fundamental para lograr la consecución de la paz. El apoyo de organizaciones como las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos y la Unión Europea también fue indispensable. En este esfuerzo también acudimos y expresamos nuestro agradecimiento a gobiernos de países con los cuales tengo profundas diferencias ideológicas, como Venezuela y Cuba, los cuales, junto a Noruega y Chile, fueron garantes y testigos importantes del proceso de negociación.

Quinto, no existe la paz perfecta. Al fin y al cabo, la paz se hace con los enemigos, no con los amigos. En Colombia, el tema más polémico de nuestro proceso de paz fue la justicia transicional. El acuerdo colombiano fue el primero de la historia en ser negociado teniendo en cuenta el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, que impide las amnistías generales y la impunidad por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Nuestro acuerdo estableció tribunales especiales, la comisión de la verdad, y esfuerzos de reconciliación que van más allá de casos como el sudafricano. Este modelo de justicia servirá como base para futuras negociaciones. Como muchos colombianos, yo también habría preferido penas más severas. Sin embargo, creo que en un futuro nuestros hijos agradecerán que hayamos elegido el camino de un cuidadoso equilibrio entre la paz y la justicia.

Finalmente, para lograr la paz se requiere de un rumbo que nos guíe durante los momentos más difíciles. Nuestro proceso de paz fue el primero de la historia en el que las víctimas estuvieron en el centro de la solución del conflicto, y su resiliencia frente al enorme sufrimiento nos dio fortaleza. Las negociaciones estuvieron a punto de romperse en varias oportunidades, pero pensar en los cientos de miles de víctimas del conflicto nos ayudó a mantener el norte. Frente a las dificultades, recordamos que no solo estábamos construyendo la paz para las víctimas del pasado y del presente, sino para evitar futuras víctimas. Nuestro conflicto ya nos había dejado más de 250.000 muertes y millones de colombianos desplazados. Hoy estamos salvando vidas.

Este mes Colombia llegó a un cese del fuego bilateral con el Ejército de Liberación Nacional, el último grupo guerrillero que opera en nuestro territorio. Los campesinos desplazados por la violencia están volviendo a sus tierras, donde contarán con seguridad alimentaria y proyectos productivos que ofrecen oportunidades económicas.

Hace pocos días, tuvimos el honor de recibir la visita del papa Francisco a nuestro país. El Sumo Pontífice nos recordó la importancia de la reconciliación y la unidad para construir la paz. Mi esperanza es que la naciente paz de nuestra nación pueda ser un mensaje que le recuerde al mundo que superar la violencia no es imposible y que la paz amerita todos los esfuerzos.

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